El desarrollo del marxismo.

El leninismo.

Vladimir Ilich Ulianov (Lenin), fue experto en metodología de la ciencia, contribuyó al avance de la lógica dialéctica, desarrolló la teoría del conocimiento y la doctrina del pensamiento. Gran filósofo materialista, continuador de Carlos Marx y Federico Engels, autor de un conjunto teórico y práctico basado en el marxismo conocido como leninismo.

A diferencia de otros integrantes de la familia marxista, Lenin constituye el elemento de la discordia. Es el verdadero parteaguas en las ciencias sociales y en la política contemporáneas. La cultura de las clases dominantes, entrenada en el ejercicio cotidiano de ejercer su hegemonía, intentó dulcificar, neutralizar e, incluso, fagocitar o incorporar a Antonio Gramsci, a Rosa Luxemburg, llegando al límite de manipular al mismo fundador de la familia, Karl Marx. Con Lenin jamás pudieron. Les sigue generando pánico, desesperación y horror. [1]

Lenin se convirtió en el principal antídoto contra toda tentación eurocéntrica. A partir de su actuación, el socialismo, el comunismo y la revolución dejaron de ser propiedad de la población blanca y civilizada. Ho Chi Minh recordaba con emoción que al leer por primera vez a Lenin descubrió que con el pensamiento del líder bolchevique el comunismo comenzaba a universalizarse de verdad, dejando de ser un artículo de consumo europeo, blanco, urbano, moderno y exclusivamente occidental. Con Lenin el comunismo pasó a ser de los amarillos, los indígenas, los negros, las clases subalternas y los pueblos sometidos del Tercer mundo.

Lenin representa, por eso, el nexo indisoluble entre El Capital de Marx (la teoría del poder, la dominación y la explotación en su máximo nivel de abstracción teórica) y la especificidad de las formaciones económico sociales de Nuestra América.

Su teoría del capitalismo como sistema mundial, hoy globalizado a niveles inimaginables, está condensada en su obra Imperialismo, fase superior del capitalismo (1916) En muchas de sus tesis es posible hallar nexos articuladores entre la teoría de la crisis general y estructural del capitalismo, la abultada agenda de la revolución internacional y los problemas específicos de la dependencia latinoamericana y la revolución tercermundista.

Teoría leninista del Imperialismo.

El imperialismo, fase superior del capitalismo constituye en el pensamiento de Lenin un punto de llegada, tanto a nivel teórico como político.

En el plano de la investigación teórica Lenin se internó largo tiempo, exiliado, en la Biblioteca de Zurich (Suiza) para poder comprender, en primer lugar, las transformaciones propias del capitalismo que derivaron de la Primera Guerra Mundial y, en un segundo momento, las razones íntimas que imposibilitaron a la Internacional Socialista (donde militaba, junto a otros, con Rosa Luxemburg) comprender la naturaleza de la guerra imperialista y adoptar una posición digna e internacionalista ante ella.

¿Sabías que...?

En dicha biblioteca, ya desde 1915, Lenin elaboraba 15 cuadernos en los que extracta 148 libros, (106 en alemán, 23 en francés, 17 en inglés y 2 traducidos al ruso); 232 artículos de 49 publicaciones periódicas (206 de ellos en alemán, 3 en francés y 13 en inglés) Esos trabajos, pulidos y transitados en el laboratorio mental de Lenin, hablan de la seriedad con la que trabajaba e investigaba (tan distante de la frivolidad posmoderna y la retórica vacía y superficial del posestructuralismo contemporáneo)

Pero El imperialismo, fase superior del capitalismo va mucho más allá de esas fuentes primarias, repletas de estadísticas y análisis empíricos sobre la centralización y acumulación del capital. En dicha obra Lenin fusiona en una misma teoría diversos paradigmas, desbordando, por mucho, la literatura económica consultada en la biblioteca de Zurich.

La teoría leninista del capitalismo entendido no como sumatoria mecánica de formaciones sociales nacionales, inconexas y yuxtapuestas, sino como un sistema mundial, polarizante y jerárquico de la dominación entre sociedades y naciones, conforma un cuadro general de la economía capitalista mundial; unidad de análisis que corresponde a la categoría dialéctica más concreta según los diversos planes de investigación de Karl Marx, con la plasmación de una teoría de la guerra mundial, continuación violenta de la política bajo otros medios de ejercicio de fuerza material.

El imperialismo, fase superior del capitalismo condensa toda la literatura económica del momento (desde la socialista y marxista hasta las estadísticas burguesas de los propios ideólogos de los bancos capitalistas), a la que Lenin le agrega una aguda lectura de los escritos de Marx sobre la cuestión nacional irlandesa, lo que lo llevó a publicar su célebre tesis: «La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación» (1916), en la que reaparece la frase del indígena peruano Dionisio Yupanqui, pronunciada en las Cortes de Cádiz a comienzos del siglo XIX, leída y asumida como propia por Marx cuando estudiaba la revolución española: «un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre».

Recuerda que...

La teoría leninista del imperialismo tiene como correlato necesario e ineludible la reivindicación de las guerras antiimperialistas de liberación nacional y el derecho de las naciones oprimidas a su autodeterminación. De este modo inicia una apertura mental en el marxismo mundial hacia el mundo periférico, colonial y dependiente, alivianando, por fin, los hombros civilizados de «la pesada carga del hombre blanco» y su «deber de llevar la civilización» a los pueblos sometidos del Tercer Mundo. A partir de allí el marxismo se universaliza verdaderamente y el campo de batalla contra la dominación del capitalismo abarca todo el orbe, no simplemente Francia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos.

Tesis centrales sobre el imperialismo.

Lenin, estudioso obsesivo, pensador riguroso y revolucionario radical, escribió para la militancia popular. Por eso solía sintetizar y resumir sus conclusiones de modo que fueran comprensibles para la mayoría. De esa forma, resume en cinco conclusiones –incluso enumerándolas, porque hasta allí llegaba su pedagogía popular– el corolario de sus extensos, detallados y agudos estudios sobre la teoría del imperialismo. Según su propia pluma, sus cinco rasgos centrales eran los siguientes:

A estas tesis centrales Lenin agregó muchas otras de menor rango explicativo pero no menor importancia política, como la cooptación de la aristocracia obrera en los países imperialistas, fracciones de la clase trabajadora a las cuales se les inocula el oportunismo político y la falta de internacionalismo a cambio de migajas coloniales y fracciones insignificantes de plusvalor extraído del Tercer Mundo.

Otros marxistas.

Posterior a la muerte de Lenin otros destacados marxistas han contribuido al desarrollo de esta doctrina, enriqueciéndola con sus aportaciones, polémicas y contradictorias en algunos casos, pero necesarias para la comprensión y divulgación de las ideas de los clásicos del marxismo y sobre todo para la lucha revolucionaria en pos de las transformaciones sociales que se demandan.

Rosa Luxemburg y el socialismo democrático.

Rosa Luxemburg fue una de las más destacadas figuras con que contó la socialdemocracia en las primeras décadas del siglo XX. Se debe destacar entre sus numerosas cualidades, la claridad con la que supo aplicar el método desarrollado por Marx y Engels, el materialismo dialéctico, a todos sus análisis.

“Sin elecciones generales, una prensa no cohibida, la libertad de asociación y la libre lucha de las opiniones, la vida de toda institución pública desaparece, se convierte en una vida ficticia en la que la burocracia se mantiene como el único elemento activo. La vida pública comienza a adormecerse, unas docenas de líderes de partido, de energías inagotables e idealismos sin límites, dirigen y gobiernan, debajo de ellos hay una docena de cabezas sobresalientes que dirigen de verdad y una élite de obreros, convocada de vez en cuando a las asambleas, para aplaudir los discursos de los líderes, aprobar en forma unánime las resoluciones presentadas, es decir, en el fondo, una sociedad de camarillas – de hecho una dictadura, aunque no la dictadura del proletariado, sino la dictadura de un puñado de políticos – una dictadura en el sentido burgués puro, en el sentido del dominio de los jacobinos .... Se trata de una ley predominante, objetiva, una ley a la que ningún partido político podrá escapar”.

Rosa Luxemburg

Para Rosa Luxemburgo, la política tradicional en una época de dominio burgués era asunto de políticos profesionales que actuaban exclusivamente en el interés de una parte de la sociedad con el fin de obtener y asegurarle privilegios económicos y culturales. Según la opinión de Rosa Luxemburgo, tanto del SPD (partido socialdemócrata alemán) de orientación reformista-parlamentaria, como los bolcheviques, de tendencia revolucionaria-dictatorial, se habían estancado en esta tradición política burguesa: ninguno de ellos se identificó como parte de los desfavorecidos, sino más bien como sus representantes.

Entre 1903-1904 Rosa se entregó a una polémica con Lenin, con quien disentía en la cuestión nacional, y en la concepción de la estructura del partido y la relación entre el partido y la actividad de las masas.

Para Rosa Luxemburgo, el socialismo no era un servicio para los demás o el regalo de un partido político a los oprimidos y explotados. En su opinión, la política socialista y el socialismo debían surgir del movimiento conjunto, voluntario y consciente, de todos los desfavorecidos. En 1904 escribió que este movimiento fue “el primero en la historia de las sociedades de clases en ser concebido en todas sus fases, en todo su desarrollo, en función de la organización y la acción independiente y directa de la masa”. Aceptaba a los políticos profesionales y los partidos políticos apenas como la parte del movimiento que estaba a cargo de la organización y la formación política.

En 1905, con el estallido de la primera revolución rusa, escribió una serie de artículos y panfletos para el partido polaco, en los que exponía la idea de la revolución permanente, que había sido desarrollada independientemente por Trotsky y Parvus, pero sostenida por pocos marxistas de la época. Mientras que tanto los bolcheviques como los mencheviques, a pesar de sus profundas divergencias, creían que la revolución rusa había de ser democrático­ burguesa, Rosa argüía que se desarrollaría más allá del estadio de burguesía democrática y que podría terminar en el poder de los trabajadores o en una derrota total. Su slogan era "dictadura revolucionaria del proletariado basada en el campesinado".

Con la creciente agresividad del militarismo alemán, así como las guerras por una nueva repartición del mundo y, sobre todo, la Guerra Mundial que estalló en 1914, la cuestión de la paz adquirió un peso especial. Para Rosa Luxemburgo, la sociedad socialista a la que se aspiraba era profundamente pacífica. La concebía como una forma de convivencia humana en la cual se debían eliminar todas las causas de la guerra y de la barbarie. Fue también su anhelo profundo de paz el que motivó a Rosa Luxemburgo a luchar por el socialismo con toda su pasión.

Rosa hablándole a los trabajadores en un mitin.

Rosa Luxemburgo no tuvo la intención de emplear la fuerza física contra los elementos opresores y explotadores:

“La revolución proletaria no requiere de terror para lograr sus objetivos; odia y repudia el asesinato. No precisa de estos instrumentos de lucha porque no lucha contra individuos sino contra instituciones, porque no entra al combate con ilusiones ingenuas cuya frustración tendría que vengar con sangre. No es un intento desesperado de una minoría de moldear el mundo a su ideal mediante la violencia, sino la acción de la gran masa del pueblo...”.

Al igual que Marx, entendía la “reestructuración social” como un derrocamiento de todas las condiciones “en las cuales el ser humano es un ser humillado, subyugado, abandonado, despreciado”. Quería lograr esta reestructuración social mediante una lucha permanente por la hegemonía, con cuya ayuda esperaba lograr un desplazamiento sostenible de las relaciones de poder dentro de la sociedad. De esta manera pensaba no sólo alcanzar la expropiación de los expropiadores, sino dejar infértil para siempre el terreno social para la explotación y opresión. Consideraba que esta era la vía adecuada para superar el capitalismo. Rechazaba todo acto de terror contra los dueños del capital y, en vez de ello, abogaba a favor de un socialismo sostenido por la mayoría de los desfavorecidos, un socialismo desde el cual el nuevo surgimiento del capitalismo no resultara atrayente.

Para Rosa Luxemburgo, la lucha por la hegemonía era una lucha permanente para conseguir la aprobación y el apoyo de mayorías cualificadas. Esta fue una de las razones por las cuales para ella la libertad y la democracia no eran un lujo otorgado o negado a discreción de los políticos socialistas, sino la condición de toda política socialista: “La libertad únicamente para los seguidores del Gobierno, únicamente para los miembros del partido – por numerosos que sean – no es libertad. La libertad es siempre la libertad de los disidentes. No por un fanatismo de justicia, sino porque todo lo que la libertad política tiene de vital, benéfica y purificadora depende de esta característica y deja de tener efecto si la libertad se convierte en privilegio”.

Antonio Gramsci y su praxis política.

Escribió sobre teoría política, sociología, antropología y lingüística. El legado de Antonio Gramsci ha sido reivindicado, desde posiciones políticas heterogéneas, por diversos movimientos del cambio social en las últimas cuatro décadas.

Gramsci ofrece una posición teórica, muy coherente, marcada por el clima social e intelectual del marxismo posterior a la Revolución rusa, en el que la interpretación de la conciencia revolucionaria ocupa un lugar central.

Esta reivindicación de la conciencia revolucionaria es propia de la generación de comunistas que rompen, como Gramsci, con el determinismo predominante en el movimiento socialista posterior a la derrota de la Comuna de París de 1871. Esto les hace confrontar con la actitud determinista, inspirada en la visión "etapista" del marxismo de la 11 Internacional, que planteaba, como prioridad, alcanzar la revolución democrática burguesa como etapa previa al socialismo, que era visto como un resultado natural de una evolución lineal de la sociedad europea.

Así, frente a la fórmula de Berstein de "el movimiento es todo, el objetivo es nada", Gramsci, al igual que Lenin o Rosa Luxemburgo, defiende la recuperación de aquella dimensión del socialismo que había sido abandonada por la vieja socialdemocracia: la dimensión emancipadora de la subjetividad.

De esta forma, el análisis teórico para Antonio Gramsci se pone al servicio de la acción política concreta que permita captar, en cada momento, el problema central y actuar en consecuencia. Algo que él mismo define en términos militares como la necesidad de pasar a la "guerra de posiciones" como alternativa a la "guerra de movimientos". Existe por tanto una línea de acción principal en cada momento, y esa línea se concreta en los Cuadernos de la Cárcel (1929-1937), con la expresión tomada de Lenin: "Hay que terminar con la idea del asalto para reemplazarla por la del asedio".

Su aporte a la causa de los pueblos, en contra del capitalismo y del fascismo y la potencia de su pensamiento quedó plasmado en la frase del fiscal al juez, al culminar su requisitoria: "¡Tenemos que impedir que este cerebro funcione durante veinte años!". Fracasaron en su intento; el creador de los Cuadernos de la Cárcel es herramienta indispensable para entender la actualidad y el cambio de época que vivimos

Algunas categorías de su praxis política.

La gran política comprende las cuestiones vinculadas con la creación de nuevos Estados, la lucha por la destrucción, defensa o conservación de determinadas estructuras económico-sociales. La pequeña política comprende las cuestiones cotidianas en el interior del Estado.

En la Gran Política sitúa al Estado y la lucha por la superación del modelo capitalista, la cual es reflejo de la disputa por la conquista del poder político. El Estado ha sido siempre el protagonista de la historia, en él se centra la potencialidad de las clases poseedoras, que se organizan y unen por encima de las diferencias y de las pugnas que produce la competencia, para mantener sus privilegios, dice Gramsci.

“El Estado es todo el complejo de actividades prácticas y teóricas con las cuales la clase dirigente no sólo justifica y mantiene su dominio, sino también logra obtener el consenso activo de los gobernados.”

La hegemonía en el pensamiento marxista-leninista de Gramsci.

Gramsci define hegemonía como la unidad de la dirección política, intelectual y moral que ejerce una clase social sobre la sociedad en un momento histórico dado. En las sociedades divididas en clases, la hegemonía se forja a partir del uso de la fuerza para mantener el dominio sobre las clases antagónicas. En los casos de sociedades en las que se elimina la lucha de clases (o se puede regular sin que adquiera un carácter violento) es suficiente con el consenso para mantenerse cohesionada.

Gramsci destaca que el sector dominante de la sociedad ejerce su poder básicamente porque logra imponer su filosofía, sus costumbres, el sentido común, que facilitan la identificación inconsciente del pueblo con la clase dominante. Para lograr esta colaboración con quienes nos dominan, debe haber una serie de compromisos, alianzas, acuerdos, forcejeos, en los cuales la clase dominante cede a las presiones de los trabajadores con aumentos de sueldos, servicios de salud, educación, seguridad social. Así, la burguesía (en este caso la clase dominante) se erige, se presenta como la representante de toda la sociedad.

Cuando se produce la división en los trabajadores, la burguesía aprovecha para recortar los derechos o acuerdos, como ocurre hoy en Europa, en el contexto del neoliberalismo. Por ello Gramsci considera que el proletariado debe trascender la lucha exclusiva por reivindicaciones económicas (economicismo), para enfrentar y superar la dominación política de la burguesía. Pero para esto debe definir en dónde se sitúa el poder, en qué sector de la sociedad se concentran las decisiones fundamentales.

Cada época histórica ha desarrollado grupos sociales, entre los cuales existe uno dominante. Este grupo hace la historia, conduce y educa al pueblo subordinado. Una clase social que ha logrado fundar un Estado logra la hegemonía si existe una identificación entre gobernantes y gobernados. Esto sólo es posible en el momento en el que existe un equilibrio entre la sociedad política y la “Sociedad Civil”, cuando se forma el Bloque Histórico.

La crisis orgánica.

Hay dos momentos en el concepto de Gramsci de crisis. El marxista italiano reconoce en el capitalismo un sistema que se ha desarrollado en una constante crisis, sin que esto implique su desaparición. El capitalismo da respuesta a sus etapas difíciles ajustándose a los retos que le plantea su propio desarrollo, así como a las exigencias que le plantean los trabajadores.

Al analizar la situación italiana, con la llegada del fascismo, Gramsci entiende que no se trataba de una crisis recurrente del capitalismo, sino de una circunstancia especial en la que la burguesía sacrificó a una parte considerable de la misma para imponer un régimen de Estado absoluto que garantizara su existencia. De allí el nacimiento del fascismo y el nazismo.

A esta crisis la llamó crisis orgánica o crisis hegemónica, durante las cuales la clase dominante no tiene la capacidad de hacer avanzar su proyecto, desarrollar las fuerzas productivas y mantener su hegemonía, es decir de dominar; y los dominados no quieren seguir en esta condición. En estas etapas se agudizan los conflictos sociales. El papel de las clases subalternas consiste en profundizar estas contradicciones, para generar el cambio.

La crisis consiste precisamente en que muere lo viejo, sin que pueda nacer lo nuevo. Estas etapas generan un ambiente propicio para que surjan ideas para reorganizar y reestructurar la vida del Estado. En estas ocasiones,

“La clase dirigente tradicional que tiene un numeroso personal adiestrado, cambia hombres y programas y reasume el control que se le estaba escapando con una celeridad mayor de cuanto ocurre en las clases subalternas; si es necesario hace sacrificios, se expone a un porvenir oscuro cargado de promesas demagógicas, pero se mantiene en el poder, lo refuerza por el momento y se sirve de él para destruir al adversario y dispersar a su personal directivo que no puede ser muy numeroso y adiestrado".

Si estuvo dispersa en varios partidos, se aglutina en torno a una dirección única “capaz de solventar la crisis y el peligro inminente para su dominación”. Pudiera optar por soluciones de fuerza en las que se llegue incluso al exterminio de la dirigencia del sector contra hegemónico (el fascismo en Italia, las dictaduras del Cono Sur o el uso reciente de paramilitares); pero puede ocurrir que ceda en aspectos coyunturales para paliar la crisis.

El Partido.

La tarea de la Clase Obrera es ganar el apoyo de los restantes sectores dominados (el campesinado, los comerciantes, estudiantes, amas de casa y otros), presentando un proyecto que incluya los anhelos de aquellos interesados en luchar contra la hegemonía de la burguesía.

Para tomar el Estado la clase obrera transcurre tres etapas: a) La fase económica, de lucha por sus reivindicaciones básicas; b) La disputa de la hegemonía en la Sociedad Civil en la cual se unifican los sectores subalternos; c) La fase en la que alcanza la hegemonía en la Sociedad Política o fase estatal, se construye el Bloque Histórico.

Es necesaria, entonces una organización de la clase obrera que le permita actuar cohesionada, con eficacia para construir la nueva sociedad. Dicha organización es el Partido Político. El Partido debe fundar el nuevo Estado. No es una simple colectividad, sino una institución que sirve a determinados intereses políticos y económicos el cual es concebido, estructurado y dirigido para transformarse en una concepción del mundo. El Partido como “príncipe moderno” debe ser el vocero y estructurador de esa voluntad colectiva hacia el socialismo.

Tiene el Partido la tarea de promover la voluntad colectiva de los trabajadores. Todo miembro activo de un partido, por cumplir funciones político-organizativas, es un intelectual. Pero ya no un “intelectual tradicional”, individualista y elitista, sino un “intelectual orgánico” nacido del pueblo y ligado a él en su lucha.

El partido es el encargado de forjar la estrategia para llevar al poder la contrahegemonía al dominio de la burguesía. Pero para esto es necesario recordar con Gramsci que, “Es (...), necesario atraer la atención hacia el presente tal como es, si se quiere transformarlo. Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad.”

Lev Davidovich Bronstein (León Trotsky) y la revolución permanente.

En el pensamiento político de Trotski destaca con luz propia su teoría de la Revolución permanente, formulada por primera vez en su obra Balance y perspectivas escrita en 1906, mientras permanecía recluido en la fortaleza de Pedro y Pablo.

Esta teoría había sido desarrollada en colaboración con Parvus, que fue su verdadero inspirador. Esta obra, que podría haber sido el nuevo Manifiesto Comunista según Deutscher, fue confiscada por la policía y sólo reeditada en 1919. Durante el año 1924 provocó un intenso debate político (“debate literario) con sus principales adversarios de entonces, un debate que bajo la aparente discusión de principios teóricos, buscaba principalmente el deterioro de la figura política de Trotski, algo que sin duda consiguió a base de tergiversar con simplicidades populistas muchas de sus ideas. La teoría de la revolución permanente fue criticada en 1928 por Radek en un texto inédito titulado Razvitie i Znachenie Lozunga Proletarskoi Diktatury, lo que instó a Trotski a elaborar una contestación que daría lugar a su libro, La revolución permanente, escrito entre Alma Atá y Prinkipo. Los ecos de esta teoría resonarían una y otra vez en las obras de Trotski, tanto en sus propuestas políticas en Rusia, como en sus obras posteriores.

La idea de la revolución permanente había sido asumida plenamente por Lenin en 1917 cuando fue acusado entonces precisamente de trotskismo, de la misma forma que Zinoviev la utilizó sin citarla prácticamente en sus críticas a la teoría del socialismo en un sólo país de Stalin, en su El leninismo, escrito entre 1924 y 1925. En esencia, la teoría de la revolución permanente defendía, contra las tesis marxistas al uso, que la clase obrera rusa habría de llevar adelante la revolución rusa desde su fase burguesa a la fase socialista aun antes de que la revolución se hubiera iniciado en occidente. Así, el proceso revolucionario no podría “pararse” en los límites burgueses. La causa estaba en el nuevo alineamiento de las clases sociales, provocado por la industrialización rusa que, por ser más tardía que en otros países, había aplicado las formas de organización más avanzadas, de modo que las pocas fábricas modernas de Rusia eran más grandes y estaban más concentradas, lo que aumentaba la fuerza política del proletariado. El fracaso de la revolución de 1905 puso de manifiesto la debilidad de la burguesía, y las potencialidades que le cabían precisamente al proletariado. Sin embargo, el proletariado seguía siendo minoritario en Rusia. La propuesta de Trotski es que el proletariado habría de ejercer la función de “libertador del campesinado”, por cuanto sus propuestas se dirigían al reparto de la tierra. Sin embargo, la función política de la clase campesina ha de ser, de hecho, mucho menor que la del proletariado. El papel de las clases sociales modernas no está determinado por la cantidad sino por la función social. Estos argumentos fueron los que después se usaron contra él, acusándole de menospreciar al campesinado, como hizo Stalin, o Bujarin. En esto también contradecía uno de los principios implícitos del marxismo que suponía que la revolución sólo podría realizarse cuando la clase obrera industrial se hubiera convertido en mayoritaria.

Pero esta misma situación minoritaria de la clase obrera pondría a la revolución rusa en clara dependencia del proletariado internacional. El colectivismo y el internacionalismo son rasgos capitales de la política proletaria que provocarían irremediablemente la oposición campesina. “Sin el apoyo estatal directo del proletariado europeo, la clase obrera de Rusia no podría sostenerse en el poder y transformar su régimen provisional en una dictadura socialista estable y prolongada”. Cuántas veces fue citado este texto para desprestigiar a Trotski por Zinoviev, Bujarin, o Stalin. El peligro que veía Trotski en la reacción feudal y burguesa le llevaba a esperar la salvación en Europa y a pronosticar con gran acierto lo que habría de significar para Europa la amenaza del levantamiento proletario, o lo que efectivamente fue la amenaza de la Unión Soviética: “Será precisamente el temor al levantamiento proletario, escribe Trotski en 1906, lo que obligará a los partidos burgueses, que votan en favor de asignar sumas prodigiosas a los gastos de guerra, a manifestarse solemnemente por la paz, a soñar con organismos internacionales de conciliación y aun con la organización de los Estados Unidos de Europa”. Con todo, nunca creyó que la Revolución Rusa podría sobrevivir aisladamente durante décadas, y ello precisamente por el fenómeno de la “división internacional del trabajo” que ahora denominamos globalización y que era, para Trotski, siguiendo el pensamiento marxista, una pura obviedad histórica. La división internacional del trabajo obligaba a la universalización de la revolución si esta debía seguir coherentemente la perspectiva marxista. El proletariado ruso forma parte del proletariado internacional y este no es una mera clase entre otras, sino la clase universal, el sujeto que la historia ha dispuesto para el tránsito a la nueva sociedad. Si ese tránsito no se cumpliera, todos los análisis marxistas habrían sido errados. El siguiente paso en la revolución proletaria, sería la formación de los Estados Unidos Socialistas de Europa, idea o quimera acariciada una y otra vez por Trotski.